All orders qualify for free returns. Free shipping is automatically applied to orders over $50. Want to enjoy free shipping on every order? Join Routefinders Rewards for free.

Free shipping is not available for pro deal members unless otherwise stated.

Un paso a la vez

En la montaña, Claudio Fidani encuentra un sentido de pertenencia y propósito.

Palabras de Emily Hopcian. Fotos de Bianca Fidani y cortesía de la familia Fidani. Traducido a español por Catalina Connon.

Bajo un diáfano cielo azul después de una tormenta invernal, un manto de nieve fresca cubre la cordillera de los Andes al oeste de la ciudad de San Carlos de Bariloche, Argentina. Desde recónditos rincones de estas tierras patagónicas, varios refugios de montaña atraen a aventureros que se alejan de la ciudad para introducirse en los cerros en todas las estaciones del año – en invierno a menudo con esquíes o raquetas de nieve. 

A 16 kilómetros del centro de Bariloche parte un sendero de 14 kilómetros que serpentea a lo largo de un río, atraviesa un valle y, finalmente, asciende por un “caracol” (camino de montaña en zigzag) en el bosque hasta la laguna Jakob. En invierno, después de transitar unas siete horas por el sendero a pie (o en esquíes o raquetas de nieve) y de completar la última de varias subidas heladas, el caminante por fin puede permitirse un merecido suspiro de alivio frente al panorama tan ansiado que se despliega ante sus ojos: un semicírculo de cerros se eleva frente a un cielo color lavanda mientras el crepúsculo se desvanece en la noche. A una corta distancia, al pie de un par de lomas con vegetación baja, el refugio Jakob irradia una cálida luz de bienvenida.

A black and white hand drawn map of the landscape surrounding the refugio
Mapa dibujado a mano del sendero hasta el refugio

Los minutos transcurridos para llegar desde aquel punto panorámico hasta la puerta del refugio pasan en un soplo. El refugio está encajonado en nieve y, para ingresar, en lugar de subir, hay que bajar por varios escalones tallados en la nieve. 

A través de una ventana ligeramente empañada, se divisan dos “refugieros” (cuidadores del refugio y de los huéspedes que allí pernoctan) preparando la cena. Adentro, a la derecha de la puerta de madera se alinean contra la pared raquetas, esquíes y bastones. Del lado opuesto, un banco. “Crocs” y pantuflas, para uso de los visitantes mientras permanecen en el interior del refugio, ocupan una estantería al lado de un calefactor al que se le superponen rejillas para secar prendas frías y húmedas.

A brown sign with yellow lettering, on a wooden wall. The sign indicates the refugio name and information
Cartel de Refugio Jakob, oficialmente conocido como Refugio San Martín, a lo largo de la escalera dentro del refugio

Un “refugiero” se asoma de la cocina. Saluda al recién llegado, repasa una breve lista de ítems para el pernocte en el refugio y ofrece una taza de té caliente. El caminante deja la mochila en la habitación y se quita la ropa húmeda, abrigándose con prendas secas.

Frente a un ventanal en el comedor (la sala principal del refugio Jakob) se disponen seis mesas de madera, cada una con dos bancos. Del otro lado del cristal, el resplandor de la luna invernal danza sobre la superficie de la laguna y las montañas nevadas. Adentro, unos pocos huéspedes se relajan, conversando, mientras elongan. Del otro lado de la sala, una estufa a leña engalana un muro de piedra. Obras artísticas, mapas, fotos y placas se exhiben en la pared de madera adyacente.

En una de las fotos aparecen ocho personas abrazadas frente a la mesada a la salida de la cocina del refugio. Tienen un aire de familia. Cerca del centro, un hombre de oscuro cabello ondulado, barba corta y desprolija y unos diáfanos ojos verdes se apoya suavemente sobre la mesada. Con una ceja levantada, esboza una sonrisa. La leyenda de la foto dice “Refugio San Martín (Jakob): 70° Aniversario 1952-2022.”

A wall of artwork and maps along a wooden paneled wall
Arte, mapas, fotos, y placas cuelgan de una pared en Refugio Jakob

Afuera ulula el viento. En la sala, el “refugiero” sirve una taza de té caliente y añade leña a la estufa. Un murmullo de conversación llena el ambiente mientras los huéspedes aguardan la cena.

No siempre el refugio Jakob albergó huéspedes durante el invierno. Tampoco siempre recibió a aventureros con la misma calidez: un saludo cordial, una conversación introductoria y el ofrecimiento de un té caliente. Pero durante más de cuatro décadas, un argentino y su familia se han dedicado – con corazón, alma y servicio centrado en personas y en la naturaleza – a hacer del refugio un lugar que todos los visitantes sienten como su hogar.

••••

En diciembre de 1976, cuando tenía apenas 15 años, Claudio Fidani y unos amigos visitaron el valle Casalata, cercano al refugio Jakob, para recibir el año nuevo. A pesar de que en el hemisferio sur eran principios de verano, comenzó a nevar cuando los amigos llegaron al valle.

Como no estaban preparados para esas condiciones climáticas, dos de ellos cruzaron el paso Schweitzer para guarecerse en el refugio. Claudio y otro amigo permanecieron en el valle y pernoctaron en carpa. A la mañana siguiente, la carpa estaba rota y dejaba entrar el frío y la humedad, por lo que ambos se trasladaron también al refugio.

El refugio Jakob, conocido oficialmente como refugio San Martín, fue construido originalmente en 1952 por el Club Andino Bariloche(Opens in a new window), la entidad local propietaria y operadora del refugio. El refugio se encuentra dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, que fue establecido en 1934 en tierras ancestrales del pueblo mapuche.

A sepia-toned photo of a group of people standing in front of a refugio
Inauguración del primer refugio "General San Martín"

En agosto de 1931, Otto Meiling, Emilio Frey, Juan Javier Neumeyer y Reynaldo Knapp fundaron el Club Andino Bariloche para contribuir, promover y compartir conocimientos sobre las montañas en todos sus aspectos y la práctica de deportes de montaña. El club pronto hizo construir varios refugios en la zona circundante a Bariloche, con la idea de proporcionar bases en las montañas para locales y turistas, atletas de montaña y aficionados a actividades al aire libre, por igual.

Acurrucado entre árboles de lenga, en la orilla norte de la laguna Jakob, el refugio Jakob se encuentra a unos 1600 metros sobre el nivel del mar. En fotos de las décadas del 50 al 70, el pequeño refugio de piedra de una sola habitación parece una casita como las que dibujan los niños: cuatro lados, un techo triangular, una chimenea de piedra, unas pocas ventanas y una puerta de madera. Fotos del interior del refugio muestran una estufa a leña con varias pavas y ollas para calentar agua y cocinar.

Los colores naturales del refugio se funden con el paisaje circundante. Alrededor de la laguna se eleva una familia de cerros: pico Refugio, cerro Brecha Negra y Cuernos del Diablo, el pico más alto que se divisa desde el refugio. La vegetación crece hasta aproximadamente la mitad de las montañas, cediendo el lugar hacia arriba a roca pelada.

A black and white photo of a refugio nestled into the mountains
El refugio original en verano
A black and white photo of a refugio with updates and an extension
El refugio con la pequeña ampliación

Aquel Año Nuevo de 1977, mientras Claudio y su amigo se aproximaban al refugio, Claudio se imaginaba una simple reunión con sus amigos y un refugio que le ofrecería un respiro del paisaje inesperadamente frío. Era la primera vez que se había aventurado a las montañas que rodean a Bariloche y su primera visita a un refugio.

Pero el refugio Jakob no era lo que esperaba. En vez de encontrar un lugar que les hiciera sentir bienvenidos para hacer un alto, recuperar fuerzas y entrar en calor, los muchachos fueron recibidos con indiferencia. Nadie saludó ni ofreció un té caliente o algo para comer. En esa primera visita al refugio Jakob, Claudio encontró un espacio donde sintió que no pertenecía. Ese día regresó a Bariloche desilusionado, como si después de su primera incursión en la montaña, ya no volvería.

Hoy, cuenta esta historia con total naturalidad. Cuando llega al final, hace una pausa. 

—No tenía ni idea —dice, y se iluminan sus ojos verdes con un destello de sagacidad.

••••

Claudio, 62, nació y creció en Córdoba, Argentina. Su padre, Alfredo, era actor y director de teatro. Viajaba por el país haciendo presentaciones en centros comunitarios y gimnasios escolares. Su madre, Lotti, más adelante fue docente en una escuela alemana. Durante sus primeros cinco años de vida, Claudio fue criado por su abuela paterna mientras sus padres viajaban por el país. Cuando regresaron, tuvieron dos hijos más: Marcelo y Alfredo. Desde los 5 hasta los 14 años, vivió con su madre y sus dos hermanos en Córdoba mientras su padre seguía de gira por el país.  

La familia del lado de Lotti tenía una cabaña de piedra y madera en las sierras, cerca de La Cumbrecita, un pueblo en la provincia de Córdoba. Claudio a menudo pasaba allí los fines de semana con sus parientes.

Estas excursiones a Sierras de Córdoba durante sus primeros años de vida generaron en Claudio una conexión con la naturaleza y las sierras del centro de Argentina. En la cabaña, los abuelos, tíos y primos de Claudio hablaban entre sí en alemán, un idioma desconocido para él. Su tía solía mandarlo al bosque a juntar leña para la estufa. En esas ocasiones, lo acompañaba un corderito, hasta que un día, el animalito fue faenado para una comida familiar.

La infancia de Claudio estuvo arraigada en un lugar, al mismo tiempo entrando y saliendo, como a la deriva, de relaciones con diferentes personas y lugares. Aunque vivía con su madre y hermanos en Córdoba, periódicamente acompañaba a su padre de gira por Argentina con la compañía de teatro.

Claudio no recuerda haber tenido de niño ninguna aspiración en particular para el futuro.

—Quería escaparme —dice—. Era un escapista.

••••

La historia argentina está salpicada de turbulencia política, recesiones económicas, rebeliones e inestabilidad. Frecuentes golpes de estado, bajo crecimiento económico en la década del 50 y altas tasas de crecimiento en la década del 60 marcaron los años anteriores a 1976. En 1973, con el regreso al poder del peronismo (un movimiento político argentino), se anticipaba un gobierno tranquilo. Sin embargo, por el contrario, se generó una importante grieta entre el peronismo de derecha y de izquierda, que llevó a más años de violencia e inestabilidad política. 

Cuando Claudio tenía 14 años, la vida tal como la conocía dio un giro dramático… y nunca volvió a ser igual.

El 24 de marzo de 1976, un golpe de estado en Argentina derrocó a la presidente Isabel Martínez de Perón, dando paso a una dictadura militar. A lo largo y a lo ancho del país, aquellas personas percibidas como opositoras al partido gobernante fueron detenidas, encarceladas, a menudo torturadas y violadas y, en los peores casos, asesinadas o “desaparecidas”. La gran mayoría jamás se sometió a juicio. Se estima que entre 1976 y 1983, bajo la dictadura militar, fueron muertos entre 10.000 y 30.000 ciudadanos.

Durante los meses anteriores a ese golpe de estado, regía un clima de opresión y violencia en Argentina, en particular en las ciudades más grandes. En Córdoba, Lotti era amiga de una persona que se oponía abiertamente a la dictadura militar y, en consecuencia, fue detenida a fines de 1975. Gracias a una comisión de derechos humanos, fue liberada después de una semana.

—Cuando apenas salió, nos agarró [a mí y a mis hermanos] y se vino para acá [a Bariloche] —dice Claudio. Para entonces, sus padres estaban separados—. Mi llegada a Bariloche fue escapando. Exiliados dentro del mismo país.

En la Patagonia, una región más remota, la dictadura militar no se hacía sentir con tanta fuerza. Bariloche, a 1680 kilómetros de Buenos Aires (la capital y mayor ciudad del país), era bastante más segura que las ciudades más grandes y pobladas del centro y norte de Argentina.

Lotti, Claudio y sus hermanos dejaron atrás todo lo que tenían en Córdoba y empezaron sin nada en Bariloche. Enfrentaron muchos retos a su llegada.

—No éramos bien tratados los que veníamos, más si eras pobre —recuerda Claudio—. Fue muy traumático […] En Bariloche, vivíamos en los barrios altos, en una casa con piso de tierra. No teníamos comida, no teníamos nada.

A principios de la década del 70, Bariloche tenía casi 26.800 habitantes. Las fotos de la época muestran el centro de la ciudad con colinas ondulantes salpicadas de viviendas y calles de tierra. Al fondo, se eleva la cordillera de los Andes. El paisaje natural del lugar respira tranquilo entre pequeñas señales de presencia humana.

En esta ciudad del norte patagónico, Lotti trabajó como docente en una escuela alemana. Claudio y sus hermanos concurrían a la escuela pública. Pero, desde el momento en que la familia abandonó Córdoba, Claudio deseó regresar. Varias veces viajó a dedo de Bariloche a Córdoba, un trayecto de aproximadamente 1500 kilómetros. Cada vez, su padre lo envió de regreso a Bariloche.

Mientras Argentina atravesaba algunos de los años más terroríficos de la historia reciente, Claudio luchaba por encontrar su lugar en una ciudad que no sentía como propia. Pero en realidad, el sentido de pertenencia y propósito que inconscientemente buscaba no se encontraba en Córdoba sino a apenas unos pocos kilómetros del lugar donde estaba. Pero para encontrarlo, debió abandonar la ciudad y dirigirse a las montañas.

••••

En febrero de 1977, más de un año después de la llegada de su familia a Bariloche y aproximadamente un mes después de su primera deslucida visita al refugio Jakob, Claudio recibió una invitación de un amigo para acompañarlo al mismo refugio por una noche. Decidió aceptar la propuesta.

Esta vez, conoció a Andrés “Andi” Lamuniere, encargado del refugio junto a su hermano Gerardo Edmundo, apodado “Chule”, que tenían un contrato con el Club Andino Bariloche. En la conversación, Andi le preguntó a Claudio si quería trabajar en el refugio, comenzando principalmente por la tarea de juntar leña. Claudio aceptó e inmediatamente empezó a trabajar con los hermanos Lamuniere.

A sepia-toned image of a man holding a cup with a straw and looking down at his hands near his lap sorting through items and belongings
"Chule" Lamuniere
A lightly colored image of a man sitting and smiling at the camera
Andres "Andi" Lamuniere
A group of people standing in front of the refugio
El refugio y visitantes

En aquella época, el refugio Jakob solía recibir a unos 300 visitantes, principalmente argentinos, por temporada, que típicamente se extendía de octubre a mayo. La mayoría de los visitantes llegaba en grupos; muy pocos venían solos. El refugio, sin agua corriente, consistía en una sola habitación con dos mesas y un entrepiso donde dormir. Podía albergar a hasta veinte personas, y todas cocinaban, comían y dormían en el mismo espacio.

A lo largo del primer año, las funciones de juntar leña y realizar trabajos varios en el refugio Jakob fueron evolucionando y Claudio empezó a cumplir más tareas y asumir mayores responsabilidades. Entre los desafíos de iniciar una nueva vida con su madre y hermanos en Bariloche, Claudio llegó a apreciar el orden del refugio Jakob y la forma en que lo manejaban los hermanos Lamuniere.

••••

En su nivel más básico, los refugios proporcionan protección y cobijo en ambientes de montaña. Para Claudio, el refugio Jakob ofrecía una posibilidad de escapar de una vida en Bariloche que él no había elegido. A partir de aquella primera temporada, Claudio cayó en un ritmo y una nueva manera de vivir junto a Andi y Chule.

A man standing inside a refugio, surrounded by gear, tables, etc.
Claudio (18) en el pequeño refugio en la cocina

—Que hubiera un colchón, que hubiera un horario de comida y todas esas cosas —dice Claudio—. Yo no tenía nada ordenado en la vida y esto era muy ordenado. Era lo que necesitaba.

Claudio empezó a sentir el refugio Jakob, bajo la administración de Andi y Chule, como el hogar que tanto deseaba. En la montaña y entre los hermanos, percibía un fuerte sentido de pertenencia.

Andi y Chule eran muy organizados. Eran descendientes de suizos franceses, educados con el orden. Estaba la lata de café, la de té y la de azúcar. 

—No se podía hacer diferente —asegura Claudio.

An interior view of the dining room in the refugio
Comedor de la nueva ampliación

Cuando trabajaba con los hermanos Lamuniere, Claudio se levantaba primero y encendía el fuego a las 6:00 de la mañana. En aquella época, la estufa a leña suministraba calor para el refugio y era el lugar donde se hervía toda el agua y se cocinaban todas las comidas.

—Nadie se levanta y sale corriendo a ningún lado —cuenta Claudio—. Hay un ritual diario, siempre con el mismo ritmo. La pava, el mate, el tiempo.

Cuando, por la mañana, el cielo comenzaba a clarear, se veía por las ventanas del refugio el despertar del mundo. El sol asomaba entre las montañas, proyectando sombras sobre la laguna. Un velo de niebla flotaba sobre el agua. Dentro del refugio, se preparaba el primer mate: una pluma de vapor se desprendía de la yerba al contacto del agua caliente. De a poco, el ambiente matinal se iba a activando con conversaciones.

El día se desplegaba a partir de allí. Entre el amanecer y el atardecer, antes de la época de las comunicaciones radiales, los “refugieros” ordenaban la cocina, la sala principal y el entrepiso que hacía de dormitorio, preparando todo para los nuevos huéspedes que llegarían ese día. Afuera, recolectaban leña para la estufa.

A man standing outside and opening goods
Claudio (17) abriendo la mercadería en el refugio

Durante siete años de la década del 80, los “refugieros” del Jakob dedicaron la mayor parte de sus días a ampliar el refugio original. Toda la construcción, que duplicó la capacidad del refugio de 20 a 40, se realizó enteramente a fuerza de caballos y humanos.

Refugio original y recién quitada la primera ampliación para hacer la más grande
Claudio haciendo el marco de la ventana con la motosierra
Comedor de la nueva ampliación

A la tardecita, llegaban los huéspedes. Los “refugieros” les daban la bienvenida, haciendo preguntas, explicándoles la rutina y ofreciendo un té caliente; luego preparaban la cena. Sin importar quiénes fueran los visitantes o de dónde vinieran, se compartía la comida y la conversación en torno a las dos mesas del refugio Jakob. De noche, el ambiente se llenaba de conversación, juegos, música y cierta calidez. 

En su tiempo libre, los “refugieros” caminaban por los bosques, las montañas, las rocas, los senderos y el agua. Conversaban. Pensaban. 

—Jakob no es como los otros refugios —dice Claudio—. Tiene un lado creativo y filosófico muy fuerte. Hay quienes dicen que Jakob no es un lugar sino un estado de ánimo.

A man standing with his hands in his pockets, looking down at an alpine lake
Claudio observando el refugio y la laguna

En cada temporada de trabajo con Andi y Chule, Claudio iba asumiendo mayores responsabilidades. Por ejemplo, a pesar de que jamás había trabajado con caballos, empezó a ocuparse de estos animales que transportaban los insumos por el sendero hasta el refugio.

— Aprendés a caminar —afirma—. Aprendés a caminar en la piedra, los pedreros, a cruzar los ríos, los arroyos. A hacer una progresión en el sendero.

A man guiding a group of recreators on a forested trail
Claudio guiando en el sendero
A man standing with his head close to a brown horse's head, his hand underneath the horse's face
Claudio con su caballo

Mientras se iba convirtiendo en joven adulto, Claudio aprendió a transitar por la vida en Bariloche, por el trabajo en el refugio Jakob y por el sendero que conectaba a ambos. Comenzó a tallar su propio camino en la vida, equilibrando el peso de los vaivenes de la vida y avanzando, un paso a la vez, por terreno conocido y nuevo.

•••••

Aunque el refugio Jakob se convertía rápidamente en el lugar que Claudio más sentía como su hogar, le resultaba difícil superar una dependencia que había adquirido durante los años 80, en parte como resultado de una cultura de fiestas, drogas y alcohol. Desde la década de sus 20 años hasta principios de la de sus 30, su lucha más difícil, incluso en la montaña, fue contra el alcohol.

—Hay días, días alejados de la civilización, mirando fijo por la misma ventana, cuando solo estás vos y la voz dentro de tu cabeza —dice—. El refugio es un paraíso y una cárcel a la vez. Todo lo que te pasa no hay nada que lo amortigüe. No es que porque estás arriba tu pena va a ser menor o tu alegría va a ser mayor, no.

De niño, Claudio vivió entre personas muy variadas y en diversos lugares. De adolescente, debido al clima político volátil y violento del país, fue desplazado internamente junto a su familia. Antes de conocer el refugio Jakob (y de los años de vida y trabajo que siguieron allí), había soportado una infancia y adolescencia adversas.

A lo largo de los años, investigaciones (Opens in a new window)internacionales han “confirmado el vínculo entre las experiencias traumáticas en la infancia y los comportamientos adictivos en la adultez”. Aunque el impacto del trauma infantil sea matizado y complejo, el trauma irresuelto puede generar diversos efectos negativos, incluido un sistema de stress desregulado. Esto a su vez puede aumentar la vulnerabilidad a adoptar comportamientos adictivos como el alcoholismo.

Como adulto joven, Claudio se volcó cada vez más al alcohol. Por un lado, era consecuencia de la cultura y los círculos sociales que frecuentaba. Por otro lado, consciente o inconscientemente, su relación con el alcohol era una manera de lidiar con los desafíos que había vivido de niño y adolescente. 

Con el tiempo, la adicción afectó todos los aspectos de la vida de Claudio, sea que estuviera en el refugio Jakob o en la ciudad de Bariloche. Al mismo tiempo, en su época más álgida de lucha contra el alcohol, sobrevinieron grandes cambios en el refugio Jakob.

••••

Para 1984, Andi, Chule y Claudio estaban plenamente involucrados con el refugio y su trabajo conjunto allí. 

—Éramos tres siempre —recuerda Claudio—. Teníamos un sistema de trabajo muy fuerte, de mucha confianza, de mucha potencia.

Ese año, después de siete años de trabajo conjunto, los hermanos Lamuniere le anunciaron a Claudio que iban a realizar una gran ampliación del refugio y que, bajo el contrato con el Club Andino Bariloche, querían hacer la obra solos. O sea, Claudio ya no tendría trabajo allí. No trabajaría más con ellos.

— Para mí fue durísimo —recuerda Claudio en voz queda. Su mirada se dirige a la ventana—. Me acuerdo del momento, me acuerdo del atardecer, me acuerdo de ellos dos, el lugar exacto donde estábamos y yo no sabía dónde iba a ir, esa era la cosa. Era como que mi mundo se caía.

El refugio era el único lugar que Claudio alguna vez había sentido como su hogar. Con esa noticia, lo embargaron la ansiedad y la desorientación. 

Luego, durante la temporada 1984-85, las conversaciones de la temporada anterior se fueron diluyendo a medida que cambiaban los planes. Andi estaba en un noviazgo serio y contemplaba la posibilidad de contraer matrimonio. En marzo de 1985, Chule participó en una expedición al cerro Mercedario, 100 kilómetros al norte del cerro Aconcagua, el pico más alto de Sudamérica. A su regreso a Bariloche, luego de 12 años a cargo del refugio Jakob, ya no quería asumir la función ni la responsabilidad, y rescindió su contrato con el Club Andino Bariloche.

A group of people standing inside the refugio. Image is in sepia tones
Claudio, Cepillo Gentile, y amigos

Entonces, Andi, Claudio y un hombre de Buenos Aires llamado Cepillo Gentile licitaron juntos el contrato. Después de algunas negociaciones con el Club Andino Bariloche, el trío firmó un contrato para administrar el refugio Jakob. Claudio, con 25 años, estaba de nuevo en el lugar de “refugiero”, cumpliendo una función más oficial que nunca.

••••

Fuera del refugio, Claudio seguía encontrándose con amigos en Bariloche. En 1989, a los 28 años, conoció a María Verónica “Vero” Schlieper Casas, una maestra jardinera oriunda de la ciudad de Rosario.

—Después del fin de una relación de años, estaba en proceso de duelo —cuenta Claudio—. En Vero encontré una hermosa persona, cálida y cariñosa.

—Me impactó la personalidad de Claudio —recuerda Vero—. Era un hombre de montaña, y eso me encantaba. Me atraía. Como soy de la ciudad de Rosario, idealizaba la noción del trabajo al aire libre en la naturaleza. Yo pasé mi infancia en el campo en Mendoza, así que existía un aspecto de la vida y el trabajo en la naturaleza que me atraía.

Claudio y Vero empezaron a salir. Cuando Claudio no estaba en el refugio, pasaban tiempo juntos en Bariloche. Cuando él trabajaba, ella se aventuraba de vez en cuando al refugio con amigos.

—Amaba el refugio —dice—. Me parecía toda una aventura. Era todo nuevo para mí: el sendero, las largas caminatas, y me fascinaba.

A woman smiling and standing at the front door of the refugio
Vero en la entrada del refugio

En esa época, el alcoholismo de Claudio seguía activo.

 —Pensé que iba morir a causa de la adicción —reflexiona hoy—. Estaba saliendo con Vero, y pensé que me iba a morir. Quería tener un hijo antes de morir. Una locura.

Claudio no tenía dudas sobre su deseo de ser padre. Sentía que era lo que sabía hacer, la única cosa que le surgía naturalmente. 

—Incluso antes de tener hijos, me sentía como un padre —confiesa—. Era como un padre para los hijos de mis novias y para los hijos de amigos.

A pregnant woman standing with a brown and black dog on a rock
Vero embarazada de "Luca"

Después de salir con Vero durante un año, Claudio le propuso: —¿Qué te parece que tengamos un bebé? 

Como docente, Vero amaba a los niños. Para ella, fue aceptar de inmediato.

En 1990, Claudio y Vero esperaban su primer hijo. Se mudaron a una casita en las afueras de Bariloche, mientras Claudio seguía trabajando en el refugio Jakob y Vero continuaba como docente.

En noviembre, Claudio acompañó a Vero a hacerse una ecografía. El médico les entregó la imagen impresa. Al salir, Claudio fue al refugio.

—Estaba en el medio de la laguna congelada con un amigo que se llama Vicente —recuerda Claudio—. Le dije: ‘¡Voy a ser papá!’ y le mostré la imagen. ¡Era una cosita tan pequeña y yo ya estaba tan emocionado!

El próximo otoño, el 18 de mayo de 1991, cuando Claudio tenía 30 años, nació su primer hijo: Luca.

Durante los 14 años anteriores, a través de su vida y trabajo en el refugio Jakob, Claudio había aprendido a transitar por valles, por montañas y hasta por el terreno de la vida. Había encontrado su lugar y propósito en recibir y atender a la gente en un entorno remoto de montaña, siempre con un cálido saludo y el ofrecimiento de un té caliente.

A man standing near a window inside the refugio, holding a newborn baby close to him
Luca recién nacido
A man sitting with a toddler in his lap
Claudio y Luca de bebé
A toddler standing with his upper body over a bench seat
Luca de un año

Now, with Luca, Claudio felt his place and purpose expanding. He was still learning to carry the weight of life, yet as a new father, Claudio took a step forward toward the only life that ever felt like home.

Ahora, con Luca, Claudio sentía que se ampliaban su lugar y su propósito. Todavía estaba aprendiendo a cargar con el peso de la vida, pero como flamante padre, avanzó un paso hacia la única vida que sentía como su hogar.

Sigue leyendo la historia de Claudio Fidani, su familia y el refugio Jakob en la parte 2(Opens in a new window) y parte 3(Opens in a new window) de esta serie de tres partes.

Claudio Fidani es el concesionario del refugio Jakob. El refugio pertenece al Club Andino Bariloche(Opens in a new window). Para planear tu visita y estadía en el refugio, visita https://refugiojakob.com.ar(Opens in a new window).

Nota de la autora: Para cubrir la historia argentina, en particular la dictadura militar de 1976 a 1983, consulté Encyclopedia Britannica: Britannica, T. Editors of Encyclopaedia. “Dirty War.”  Encyclopedia Britannica, 3 de febrero de 2024. https://www.britannica.com/event/Dirty-War(Opens in a new window).

Palabras de Emily Hopcian. Fotos de Bianca Fidani y cortesía de la familia Fidani. Traducido a español por Catalina Connon.

#ospreypacks

Share your adventures with @ospreypacks