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Un sendero con historia

En los Andes argentinos, la familia Fidani transita un singular estilo de vida.

Palabras de Emily Hopcian. Fotos de Bianca Fidani y cortesía de la familia Fidani. Traducido a español por Catalina Connon.

En la cordillera de los Andes, cerca de la ciudad de San Carlos de Bariloche, Argentina, el tambo Báez marca el punto de partida de un sendero hacia aventuras de montaña y todo lo que conllevan. Al salir del campo abierto, el caminante tiene la opción de tomar hacia la derecha o la izquierda. El sendero de la derecha lleva al cerro Bella Vista en una caminata común que se completa en un día. Hacia la izquierda, parte un sendero de 14 kilómetros al refugio San Martín, un refugio de montaña más conocido como refugio Jakob.

Es un sendero moderado que atraviesa el valle del cristalino arroyo Casa de Piedra, serpentea por un bosque de coihues y asciende por un empinado “caracol” (camino de montaña en zigzag). Luego, pasa por encima de una laguna en la base de una cascada, antes de volver a nivelarse en la laguna Jakob, en cuya orilla norte yace, hospitalario, el refugio Jakob.

A birds eye view of a refugio, with surrounding snowscapes and mountain ranges
El refugio y la laguna vistos desde arriba en invierno

El sendero entre el tambo Báez y el refugio Jakob anima al transeúnte a explorar los detalles de la vida, sean grandes o pequeños, internos o externos. A observar los detalles macro, como los cerros que se elevan a cada lado del valle, y los detalles micro, como el diseño de la nervadura de las hojas de un árbol de lenga. A compenetrarse con la sonoridad apacible del río, cuyo volumen aumenta o disminuye a medida que el sendero se acerca o se aleja del agua. A saludar al famoso viento patagónico que, silbando, tironea la piel o revuelve el cabello. A saborear un sorbo (o una salpicadura) de agua helada que proviene directamente de su lugar de origen andino.

A landscape view of a valley full of red foliage and mountain ranges on either side
El sendero y el valle desde arriba en otoño
A close-up image of a lenga tree in the fall
Lenga en otoño

A lo largo de casi 50 años, Claudio Fidani y familia han recorrido este sendero miles de veces. Claudio, 62, recorrió por primera vez el camino entre el tambo Báez y el refugio Jakob en diciembre de 1976(Opens in a new window). En 1977, comenzó a trabajar en el refugio Jakob. En 1985, se convirtió en concesionario. Luego, en 1991, cuando nació su primer hijo, Claudio empezó a llevar a sus hijos (que, con los años, fueron cinco) a conocer el sendero, el refugio y su trabajo en las montañas.

Individual y colectivamente, Claudio y familia han contado y vivido historia tras historia a lo largo de la senda. Con cada paso por este sendero con historias, fueron aprendiendo a encarar narrativas externas e internas: lo bueno, lo desafiante, lo devastador y todo lo que hay entremedio.

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Two horses saddled up, with a parent and child on the back of one horse
Claudio con Luca de bebé en el caballo
A toddler in a backpack on the back of an adult
Luca bebé en la mochila

Hacía más de 14 años que Claudio conocía el sendero al refugio Jakob cuando, en mayo de 1991, nació Luca, fruto de su relación con María Verónica “Vero” Schlieper Casas. En la primavera, cuando Luca tenía casi cinco meses, Claudio regresó a su trabajo en el refugio, permaneciendo en la montaña por períodos de una semana o más. A menudo llevaba a Luca, sosteniéndolo con un brazo mientras cabalgaba por el sendero entre el tambo Báez y el refugio.

Mientras Claudio trabajaba en la montaña, Vero se desempeñaba como maestra jardinera en Bariloche. Cuando en 1990 decidieron formar una familia, se asentaron juntos en una casita en las afueras de la ciudad. Una vez nacido Luca, la pareja transitó la vida entre los dos lugares, por singulares que fueran, un paso a la vez, con su hijito.

Las semanas en que llevaba a Luca al trabajo, Claudio preparaba una mochila con todo lo que necesitaría para el cuidado de su hijito: ropa, pañales, alimentos y leche en polvo. En el punto de partida del sendero, cargaba los caballos con lo necesario para el refugio: materiales de construcción o alimentos e insumos para los huéspedes. Luego, sujetando a Luca con un brazo y las riendas del primer caballo con el otro, iniciaba el recorrido de cinco a seis horas.

—Subir a un niño a caballo tiene que contener una magia —dice Claudio—. Hay que mantenerlo entretenido. Si no, se aburre. Porque no es que solo íbamos a caballo [por diversión]. Estábamos trabajando.

Durante sus primeros dos años de vida, Luca pasó tiempo tanto con Claudio, arriba en el refugio, como con Vero, abajo en Bariloche. Cuando se presentaba la oportunidad, pasaba tiempo con padre y madre juntos: a veces en el refugio de montaña y de vez en cuando en la vivienda familiar en las afueras de la ciudad.

A toddler on a bench seat looking off in the distance
Luca bebé
A kiddo in a kitchen sink getting a bath
Luca bañandose en la pileta de la cocina

Sin importar la distancia física entre el refugio Jakob y Bariloche, Claudio y Vero se apoyaban mutuamente y en la familia que ambos, desde antes de conocerse, anhelaban. Entre 1993 y 1998, la pareja tuvo otro hijo varón y dos mujeres: Nico, Bianca y Ananda.

A medida que iba creciendo la familia de Claudio y Vero, surgía un nuevo patrón de vida. Estaban viviendo su singular estilo de vida, integrando a Luca, Nico, Bianca y Ananda de manera que funcionara para todos. A cada paso, en forma individual y conjunta, Claudio y Vero transitaron el sendero bajo sus pies, abordando cada subida, bajada y trecho plano a medida que iba apareciendo.

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Crear una vida y criar una familia entre dos lugares diferentes, sosteniendo los roles, responsabilidades, riesgos y recompensas que trae una dicotomía como esta, es el único estilo de vida que han conocido Claudio, Vero y familia.

Vero, Claudio, Luca, y Nico bebé

Como padres, ambos tuvieron que desentrañar preguntas universales: ¿Cómo manejar como padres el riesgo inherente a estilos de vida aventureros? ¿Cómo crear para los hijos una vida mejor que la nuestra? ¿Cómo sostener lo que es más importante para nosotros? ¿Qué es lo que realmente vale la pena? y ¿desde la perspectiva de quién?

Durante la década de los 90 y principios de los 2000, Luca, Nico, Bianca y Ananda, en los años de su primera infancia, se turnaron para acompañar a su padre al trabajo en el refugio Jakob. A menudo viajaban a caballo, así como lo había hecho Luca.

Two horses saddled up, with a parent and child one one and another child on another
Claudio, Luca, y Nico a caballo

Con el vaivén del caballo bordeando el Arroyo Casa de Piedra por el valle, cada niño en brazos de su padre se balanceaba suavemente en un ir y venir, ir y venir. Cuando alcanzaba una edad suficiente, viajaba sentado detrás de él, abrazado a sus hombros y cuello, a menudo apoyado sobre un mullido bulto de insumos, con las piernitas colgando a cada lado de las ancas del animal.

Por encima de los rulos enmarañados de su padre, los niños iban descubriendo el mundo circundante: el aroma terroso de la polvareda en una tarde seca, los suaves bordes de flores y hojas que les acariciaban la piel, y las formaciones rocosas que los rodeaban, cada una diferente de la anterior.

Todas esas horas recorriendo el sendero generaron, de manera intencional o no, momentos compartidos, recuerdos y aprendizajes. A lo largo de los años, Claudio y Vero llevaron a sus hijos en brazos, les enseñaron a caminar y les dieron la libertad de viajar solos.

—Ellos siempre nos tiraron la punta de un hilo, de un rollo, nos dejaron que la desenvolvamos como queramos —dice Nico, ahora de 31 años.

Así, los hermanos también se han sostenido mutuamente. Han caminado hombro a hombro casi todos los capítulos de la vida y entre ellos han forjado una unión que les hace sentir en casa donde quiera que estén: en el refugio, en la casa en Bariloche o en cualquier camino que estén transitando.

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Cuando los niños estaban en el refugio, los cuidaban Claudio y los “refugieros” (cuidadores del refugio y de los huéspedes que allí pernoctan). En Bariloche, Vero contrataba una niñera para acompañarlos por las mañanas mientras ella enseñaba en el jardín de infantes. Luego, pasaba las tardes y noches en casa con ellos. Cuando Claudio y Vero estaban juntos en Bariloche, compartían más equitativamente sus responsabilidades como padres.

—Lo que nunca hicimos nosotros fue condicionar la vida de tener hijos —dice Claudio—. Era la vida que teníamos y era allá.

A family photo in front of a refugio
Toda la familia junta

Si bien este estilo de vida aventurero y poco convencional aporta muchos momentos fecundos, criar una familia entre dos sitios, uno de ellos por cierto bastante remoto, plantea un verdadero desafío.

Para empezar, el refugio Jakob está ubicado a 1600 metros sobre el nivel del mar, con un desnivel de unos 700 metros respecto del punto de partida, y es accesible únicamente a pie. El recorrido completo lleva cinco o seis horas en verano y otoño… y más en invierno y primavera.

A man and woman posing together inside a refugio
Claudio y Vero

Antes de la década de los 90, los “refugieros” recibían mensajes a través del Servicio Social de Mensajes al Poblador transmitido por Radio Nacional. Luego, en 1987, empezaron las radiocomunicaciones entre el refugio y el Club Andino Bariloche, con que se podían intercambiar mensajes en ambos sentidos. A partir de la década de los 2000, la casa de los Fidani en Bariloche también contaba con una radio que se podía utilizar para comunicaciones con el refugio Jakob – el único modo de comunicación con Claudio mientras trabajaba en la montaña.

Ananda, hoy de 25 años, dice que el tiempo de separación de su padre y familia fue y sigue siendo difícil, sea que esté en el refugio o en Bariloche. La demora en la comunicación por teléfono celular o en persona es solo uno de tantos ejemplos.

—Me pasó mucho de escribirle un mensaje a mi papá para compartir algo y después me doy cuenta de que está en el refugio —comenta—. Así que tengo que esperar a que baje para tener esa conversación. Con mis hermanos también y mismo al revés también, de yo estar arriba y a mi mamá no verla por un montón de tiempo.

Pero una cosa es la comunicación de rutina y otra, muy diferente, era la comunicación en caso de una emergencia en la época previa a las comunicaciones satelitales. Si los niños o Vero hubieran tenido un accidente en Bariloche y Claudio hubiera tenido que regresar de urgencia a la ciudad, le habría llevado unas cinco horas. Por otro lado, si los niños se hubieran enfermado o sufrido un accidente en el refugio, habría llevado el mismo tiempo o más llegar a un centro de asistencia médica en la ciudad. Afortunadamente, la familia Fidani no ha tenido que enfrentar accidentes o emergencias de este tipo, aunque Claudio casi se perdió estar presente en el nacimiento de Bianca. (Estaba en el refugio, se enteró por radio, bajó a Bariloche a caballo y llegó en el momento en que nacía su primera hija mujer).

—Estaba como muy pautado, muy fuerte el cuidado [de los niños] —dice Claudio—. No podías tener un accidente arriba en el refugio. No podías caerte. No te podías cortar. No te podías enfermar. Los cuidábamos de una manera que les enseñaba a cuidarse ellos mismos.

A man and child wading through a river carrying firewood on their shoulders
Claudio y Nico de bebé juntando leña

Mientras Claudio y Vero criaban a sus hijos entre diferentes lugares y capeaban las tormentas de cultivar su relación y familia a distancia, jamás dudaron que siempre estarían involucrados ambos en las vidas y crianza de los niños. Ambos habían tenido padres ausentes durante sus infancias y no querían lo mismo para sus hijos.

Vero recuerda ocasiones en que los niños regresaban del refugio y le decían “papá” a ella. 

—Nada de eso fue fácil —reflexiona—, pero es lo que yo también elegía, para que pudieran vivir con la presencia de un padre que los llevara a la ciudad, los llevará a caminar, les diera esa experiencia en la montaña.

Era una vida aventurera y no convencional que conllevaba fuertes riesgos y hermosas recompensas. Claudio y Vero estaban criando hijos que sabían transitar senderos rocosos, vadear ríos, vivir en colaboración entre sí y con otras personas y apreciar los tipos de paisajes de montaña que se divisan después de las subidas más empinadas.

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Entre las idas y venidas, creciendo entre espacios, los niños Fidani estaban inmersos en un mundo natural donde sus padres a menudo impartían lecciones de vida con la ayuda de la naturaleza misma. Asistían además a la escuela en Bariloche. Su tiempo por el sendero y en el refugio sirvió para suplementar la educación tradicional.

A father and daughter on a white horse
Claudio y Ananda en el caballo antes de subir

De muy pequeña, Ananda subió al refugio con Claudio a caballo después de una tormenta. Rumbeando por el camino, Claudio y Ananda sacudían las ramas cargadas de rocío. Frescas gotitas de agua caían sobre sus rostros y cabello, disipándose a medida que avanzaban por el serpenteante camino. Así como la naturaleza absorbe lo que queda después de una tormenta, Ananda estaba aprendiendo a librarse de las adversidades que sobrevienen después de las tormentas de la vida. Following a storm, as a little girl, Ananda rode up to the refugio with Claudio on one of the horses. As they ambled along the trail, Claudio and Ananda shook the dewey branches of the trees. Cool water droplets landed in their hair and on their faces, slowly fading away as they meandered on. Just as nature absorbs what’s left behind after a storm, Ananda was learning to shake off the hardships following the storms of life.

De muy pequeños, los hermanos cruzaron ríos con Claudio. Él cruzaba primero, dejando su mochila del otro lado antes de regresar para ayudar a cada niño a cruzar, fuera en brazos, sobre la espalda o de la mano. Pero con el tiempo, los fue soltando y enseñó a cada uno a cruzar por su cuenta. Aprendieron a tomar sus propias decisiones calculadas: dónde pisar, cómo tantear para reconocer una roca estable, cómo mantener el equilibrio en la corriente con la mochila puesta y más.

Lecciones para caminar por el sendero. Lecciones para vivir la vida.

Ananda recuerda el alivio que sentía de niña cuando transitaba el último tramo del sendero y por fin divisaba el refugio. A medida que avanzaba por un claro entre los árboles de lengua, asomaba y se volvía a ocultar esa humilde estructura de roca y piedra a orillas de la laguna Jakob.

—Siempre me gustó mucho esa parte del sendero —afirma—. Estás caminando y tenés esta sensación de estar llegando. Tus pasos parecen un poco más livianos. ¡Ya llego! ¡Ya llego!

Durante la niñez y la juventud de los hermanos, se ingresaba al refugio viejo por varios escalones de piedra con techado. En esa época, aquella sencilla entrada albergaba bienvenidas y despedidas, largas tardes de compartir charlas y mate, y ratos de juegos entre los hermanos Fidani y amigos.

La piedra y madera del exterior de la construcción continuaban por dentro, creando una verdadera sensación de refugio de montaña. Entre las paredes de tablas y las grandes ventanas que enmarcaban vistas de la laguna y los cerros, seis mesas de madera en la sala principal propiciaban la conversación entre viejas y nuevas amistades.

Comedor del refugio "viejo"
Cocina y tazas del refugio "viejo"

Una mezcla de tazas de hojalata que se usaban para servir de todo – desde agua hasta té hasta vino tinto – colgaban de sus asas sobre la mesada. En el modesto espacio de la cocina, los “refugieros” preparaban sustanciosas comidas de montaña: pan fresco, polenta, sopa, guiso y hasta postre. Por las mañanas y las tardecitas, flotaban en el ambiente conversaciones sobre sueños nocturnos, aventuras diurnas y quehaceres diarios.

Claudio y Vero enseñaron a sus hijos a pasar tiempo juntos además de con otras personas. Consideraban importante infundir el valor del respeto: que los hermanos aprendieran a reconocer las diferencias y similitudes entre sí y entre otras personas. Disuadieron enfáticamente las peleas entre hermanos y hasta el día de hoy, perdura el éxito de esa enseñanza.

Desde muy pequeños, los hermanos Fidani formaron una amistad natural.

Two kids playing, one pushing the other in a wheel barrow
Ananda y Luca jugando

Sin importar el lugar, estando juntos contaban con compañeros de juego incorporados. Pasaban horas al aire libre en el campo y el “mallín” (pradera cenagosa propia de la Patagonia) cercanos a la vivienda familiar en Bariloche, construyendo arcos y flechas de ramas de retama y jugando a orillas de un río que atravesaba el barrio. 

Por el sendero al refugio Jakob, Luca, Nico, Bianca y Ananda se entretenían con juegos de preguntas o palabras e inventaban cuentos para contarse. En el refugio, participaban en juegos de fantasía en los mundos de Harry Potter y El Señor de los Anillos. Palos se transformaban en varitas mágicas, árboles de lenga devenían caballos y los niños corrían por el bosque lanzando conjuros.

Luca, Nico, Bianca y Ananda conservan vívidos recuerdos de su más tierna infancia en el refugio, de acciones y momentos que probablemente se hayan repetido a lo largo de los días, semanas, meses y años transcurridos dentro y fuera del refugio: el tipo de recuerdos que se consolidan en la mente porque se han repetido tantas veces a lo largo del tiempo.

Two kids sitting together on a porch and playing
Luca y Nico jugando en el hall

—Me acuerdo de estar observado la luna y las nubes que pasaban frente al contorno del pico Refugio [muy cerca del refugio Jakob, hacia el oeste] mientras descansaba con la cabeza en el regazo de papá —recuerda Luca, hoy de 32 años—. Papá me acariciaba el pelo mientras yo escuchaba el murmullo de toda la gente que cenaba en el refugio. En momentos así me quedaba dormido.

Por las mañanas, el nítido aroma de la estufa a leña mezclado con un toque de pan tostado despertaba a los niños. Mientras los “refugerios” tomaban mate y los huéspedes desayunaban, Claudio sentaba a sus hijos frente a la mesada que daba hacia la sala principal, preguntaba qué querían desayunar y se los servía.

Two kids sitting at a table eating breakfast
Luca y Ananda desayunando
A father and kid in winter gear in the mountains
Claudio y Nico en la montaña

Claudio, Vero y los niños construyeron un hogar el uno en el otro. Con su mutuo amor y los momentos significativos compartidos, han integrado al refugio Jakob un sentido personal y una sensación de hogar. Al acompañar a su padre al trabajo desde tan temprana edad, Luca, Nico, Bianca y Ananda han establecido una amistad eterna, una amistad arraigada profunda y poderosamente en la confianza, que permanece firmemente plantada en sus años adultos.

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Así como la montaña, donde cada hora, día, semana y estación es diferente, es la vida misma. Aunque los hermanos Fidani conservan luminosos recuerdos de toda su infancia, en el trasfondo discurrían nubes tormentosas, de las que Claudio y Vero estaban más conscientes que sus pequeños hijos. 

De niño, Claudio enfrentó momentos de ausencia de sus padres; fue criado por su abuela. En su juventud, la Argentina era gobernada por una brutal dictadura militar. Su madre fue secuestrada en Córdoba, la provincia en que Claudio nació y creció. Al ser liberada, ella llevó a Claudio y sus dos hermanos, escapándose, a Bariloche, donde la familia inició una nueva vida plagada de dificultades e inestabilidad.

Arribaron a Bariloche a fines de 1975. En el plazo de un año, Claudio conoció el refugio Jakob y comenzó a trabajar allí. Como joven adulto, Claudio luchaba con el trauma irresuelto de su niñez. Aunque encontró parte de lo que necesitaba en las montañas, también desarrolló una adicción al alcohol. Esta adicción continuó hasta los nacimientos de Luca, Nico y Bianca.

—La vida tenía esta sensación de querer mejorar, pero no poder hacerlo —dice Claudio respecto de aquella época—. Quería poder, de alguna forma, hacer lo posible para que [mis hijos] estén bien, pero yo no podía. Pasé de tener un hijo a tener dos, a tres. Cuando vino la tercera, ya fue para mí el ‘zoom’ de no poder recuperarme y avanzar.

A través de todo esto, Claudio y Vero seguían avanzando. En última instancia, fue el espacio entre “allá arriba” y “aquí abajo” que proporcionó salud y sanación. 

—En los peores momentos de transición como ser humano, con niños a cargo, nunca dejamos de ir para arriba …de seguir generando este espacio —dice Claudio—. Para nosotros, el sendero era el espacio de sanidad que teníamos. Era como el fuelle de un acordeón, inhalando y exhalando entre una cosa y otra.

En el sendero y fuera de él, Claudio, Vero y su joven familia tomaron la vida – y la salud de Claudio – un paso a la vez. Según The Trauma Foundation, más de 485 estudios publicados han relacionado pasar tiempo en la naturaleza con una mejor salud. Múltiples artículos destacan que “una sensación de conexión con el mundo natural” puede ayudar a personas que se están recuperando de trauma a estar más sanos y enteros.

De manera consciente o no, Claudio tomó pasos en su vida personal y profesional para contrarrestar la inestabilidad e incertidumbre de su niñez y adolescencia. Tenía trabajo. Estaba en una relación. Estaba criando una familia. Tenía un hogar.

Para 1998, cuando nació Ananda – el cuarto retoño de Claudio y Vero – el alcoholismo contra el que luchaba Claudio había aflojado.

—Cuando llegó Ananda, yo ya estaba mejor —dice—. Estaba solo [el único concesionario] con el refugio. Teníamos [Vero y yo] una casa y un vehículo. Habíamos acomodado todo. Pero cuando estaba todo acomodado, cambiaron las preguntas. Cuando teníamos todas las respuestas, cambiaron las preguntas.

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Para principios de los 2000, Claudio y Vero habían atravesado una serie de quiebres irreconciliables en su relación. Cuando Luca tenía 12 años y Ananda 4, Claudio y Vero decidieron separarse. Sin embargo, dentro de esta situación, permanecía firme su compromiso de ser buenos padres juntos para sus hijos.

En su juventud, Claudio y Vero habían anhelado formar una familia. Ambos sentían un fuerte deseo de ser padres. Eso no cambió cuando se separaron. Querían estar presentes en las vidas de sus hijos, y que los niños tuvieran la presencia de madre y padre.

—Cuando nos separamos, era necesario ese espacio entre nosotros —cuenta Vero—. Prácticamente no nos veíamos, pero siempre estaba presente el hecho de que éramos los dos que íbamos a criar esta familia. Lo que merecían nuestros hijos era un amor conjunto: que nos escucháramos y resolviéramos sus necesidades.

Después de la separación de Claudio y Vero, los chicos repartían su tiempo entre las respectivas casas de su madre y padre en Bariloche, además del refugio. Por momentos, cuando veían a sus padres interactuar – aun sabiendo que salían con otras personas – Luca, Nico, Bianca y Ananda deseaban verlos juntos de nuevo y la unidad familiar “entera” una vez más.

A mother holding her kiddo in a backpack carrier
Viviana con Indira en la mochila
A kiddo sitting at a table eating breakfast
Indira desayunando

En 2007, la realidad de la separación entre Claudio y Vero resonó con un sentido de permanencia para los chicos. Claudio y su pareja en aquel momento, Viviana González, tuvieron una hija. Con la llegada de Indira, los hermanos Fidani pasaron de ser cuatro a cinco.

De bebé, Indira, hoy de 16 años, iba y venía del refugio Jakob con las piernitas asomando de la mochila en que la cargaba su madre, Viviana, por el sendero. Fascinada por los bosques y montañas que la rodeaban, Indira estiraba los bracitos para tocar las flores y hojas de los árboles, balbuceando suavemente desde la espalda de su mamá.

La infancia de Indira contiene muchos de los mismos detalles y recuerdos que las de sus hermanos, y al mismo tiempo, es diferente, ya que Luca, Nico, Bianca y Ananda la cuidaban como a un pollito. Le enseñaron cómo funcionaba todo en Bariloche, en el refugio y a lo largo del sendero que une a ambos. Es la modalidad de los Fidani: caminar de la mano con la familia, cualquiera sea la situación.

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Las temporadas fueron pasando y los chicos crecieron. Empezaron a ayudar en el refugio. Buscaban leña, saludaban a los huéspedes, ponían mesas, servían comidas y limpiaban comedor y baños.

A person working with two horses, one with saddle and gear loaded up
Nico trabajando con los caballos

El refugio proporcionaba a todos los hermanos Fidani una ventana hacia el mundo más allá de Bariloche y Argentina.

— Yo de chiquitita no tenía mucha vergüenza —dice Bianca, hoy de 29 años—. Hablaba mucho con la gente y me encantaba conocer culturas diferentes. Sentía que Bariloche era un pueblito y que estaba rodeada de esto que es solo lo que yo conozco. Entonces, cuando venía gente de afuera [de nuestra ciudad], me encantaba escuchar sus historias, preguntarles de dónde venían, que hacían y como era su lugar de origen. Era muy curiosa.

De adolescentes y al comienzo de sus veintitantos años, Luca, Nico, Bianca y Ananda asumieron funciones más oficiales como “refugieros”, quedándose en el refugio a trabajar con o sin la presencia de Claudio.

A woman holding a beverage and working at the counter in a refugio
Bianca trabajando en el mostrador

— Tu primer trabajo es la relación con la gente —dice Claudio—. Eso es lo que ellos siempre tuvieron [los chicos]: una relación con la gente. Más, menos, les costó más, les costó menos, pero siempre fueron muy dados con la gente.

Para Claudio, era importante que los huéspedes del refugio se sintieran como en su casa.

Luca siente que la interacción con y entre los huéspedes es un aspecto que hace del refugio un lugar especial.

—El refugio genera algo muy lindo —dice—. Es un lugar en la naturaleza donde la gente se reúne. Contiene este espíritu de conocer todo el tiempo a gente nueva: gente que iba a caminar buscándose, buscando conectarse con la naturaleza o con su naturaleza o escapando de algo. Como decía mi viejo muchas veces, cuando llegaba alguien le preguntaba: ‘¿De qué estás escapando?’. 

Aunque hay más aspectos positivos que negativos, no siempre resulta fácil la relación con otras personas. El servicio en la montaña sigue siendo servicio, y en años recientes, a medida que más personas han buscado estos espacios, los “refugieros” reciben una mayor diversidad – una mezcla, por decir – de personas.

Cuando hay mucha gente, una de las cosas que a Bianca menos le gusta es interactuar, porque estas interacciones no contienen la profundidad que disfruta cuando hay menos huéspedes.

—Hay muchas personas que no respetan el ambiente ni las ‘reglas’ de estar allí —comenta—. Es frustrante cuando pedís a alguien que regrese con su basura, pero igual la deja en el lugar. O cuando les decís que no pueden hacer fuego afuera pero igual lo hacen. En ese caso, hay que salir a decirles: no se puede hacer fuego, ya te lo dije. Esa parte es la que menos me gusta.

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A lo largo de 47 años, los recorridos de Claudio y su familia subiendo y bajando por el sendero que une el tambo Báez con el refugio Jakob muestran una progresión. Si el sendero pudiera hablar, compartiría años de historias: historias de valentía y de miedo, historias de amor y de pérdida, historias con risas e historias con lágrimas. El sendero y el refugio Jakob han acompañado a los Fidani en muchos capítulos de la vida.

A group of siblings all in backpacking gear standing on a snowy surface together
Los cinco hermanos y Refugio Jakob detrás

—Si me pongo a pensar, puedo describir todo el sendero desde el tambo Báez hasta el refugio con los ojos cerrados —afirma Luca—. Cada subidita, bajadita, piedra: todo.

Con décadas de idas y venidas, más momentos de simplemente detenerse para apreciar los ambientes circundantes, los Fidani han asignado nombres a cada punto del sendero.

—Para nosotros, todo tiene un nombre —dice Nico—. Los “refugieros” se ríen, pero también ya aprendieron los nombres.

Entre muchos otros sitios, los Fidani conocen de memoria la playita, el mallín redondo, la subidita, la bajadita, los ñires (un lugar lleno de árboles de ñire, a no confundir con otras partes del sendero que tienen algunos árboles de ñire) y la escalerita (una cascada y un piletón en la parte más alta del sendero, cerca del refugio).

A group of siblings standing together outside on a forested trail, with backpacking gear
La familia Fidani toma un descanso mientras camina hacia Refugio Jakob
Three women standing near a low tree trunk, with two resting their heads on their hands on the truck
De adelante hacia atrás, Indira, Vero, y Ananda por el sendero hacia Refugio Jakob

 

Cuando regresó de unos viajes internacionales, Claudio estableció un ritual en la canoga, un sector del sendero en que se han ido colocando montículos de piedritas a cada lado. En diferentes partes del mundo, conoció la tradición de pedir permiso de la Madre Naturaleza o los espíritus de un lugar para ingresar y luego, al salir, dar gracias por un viaje seguro. Ambos actos se suelen simbolizar colocando una piedra en los puntos de entrada y salida.

Con el tiempo, Ananda notó que cada persona aborda el ritual en la canoga de manera diferente. Pero para ella, es un lugar espiritual. Cada vez que recorre esa parte del camino, murmura un mensaje de agradecimiento y coloca una o dos piedritas.

—Es como si hablara con la Tierra o con Dios —explica—. Es como decir: gracias por permitirme estar acá, por dejarme pasar, por cuidarnos a mí y a mi familia.

Casi 50 años atrás, cuando Claudio tenía tan solo 15 años, partió desde el tambo Báez por primera vez, virando hacia la izquierda en la bifurcación del sendero para llegar al refugio Jakob. Desde entonces, su vida y la de su familia han sido una singular aventura tras otra, siempre un paso – no importa cuán largo o corto – a la vez.      

Continúa leyendo la historia de la familia Fidani y el refugio Jakob en la tercera y última parte(Opens in a new window) de esta serie de tres partes. Puedes leer la primera parte aquí.(Opens in a new window)

Claudio Fidani es el concesionario del refugio Jakob. El refugio pertenece al Club Andino Bariloche(Opens in a new window). Para planear tu visita y estadía en el refugio, visita https://refugiojakob.com.ar(Opens in a new window).

Palabras de Emily Hopcian. Fotos de Bianca Fidani y cortesía de la familia Fidani. Traducido a español por Catalina Connon.

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